jueves, 11 de septiembre de 2008

El árbol, mi dueño y yo


El árbol da una sombra refrescante. Las horas de más calor las paso lo más pegado posible a él. La correa es suave y larga así que puedo estirar las patas cuando atardece y jugar con las cosas que me ha dejado alrededor.

Aunque esté solo no tengo miedo. Sé que los peligros de ahí fuera estarán lejos del alcance de la correa. Él es así de bueno.

¿Sabes cómo lo supe? Una vez, inquieto, rompí a mordiscos la correa y salí a husmear por la finca. Cuando él llego yo ya estaba tumbado casi sin aliento. Me encontró ensangrentado y lleno de espinas de la zarza. No me riñó ni cuando estuve curado.

Aprendí la lección y ahora él me da las moras de su mano

1 comentario:

maraña dijo...

Uf, qué facilidad tenemos los humanos para buscar dueños también.

Un beso
Chiki